No solo el 10 de octubre

Sofía Hales Beseler

Psicóloga Clínica

Coordinadora clínica de atención psicológica ONG ENMARCHA

Hoy, 10 de octubre, se conmemora el Día Internacional de la Salud Mental. Hace justo un mes, el 10 de septiembre, se conmemoró el Día Internacional para la Prevención del Suicidio. Es decir, en 30 días hemos tenido la oportunidad, algo forzada, de detenernos un segundo a pensar en la salud mental, o de al menos leer alguna noticia que llama nuestra atención y nos escandaliza. Porque es verdad, los datos son aterradores.

En los últimos 3 años, según la OCDE, Chile pasó del lugar 17 al 13 respecto de las tasas de suicidio. O sea, en Chile se suicidan en promedio 5 personas al día. Además, también en nuestro país, el 25% de los niños y niñas menores de 6 años presenta problemas externalizantes, como déficit atencional, agresividad o hiperactividad; y entre el 12% y el 16% experimentan síntomas de trastornos ansiosos y depresivos[1]. Y es aterrador no solo por las cifras sino porque este estudio es de 2011, y recién desde 2018 comienza a ser publicado en los medios de comunicación masiva en Chile.

Así, como llega tarde la noticia pareciera que también llegamos tarde a intervenir, porque eso es lo que tenemos que hacer. No podemos cruzar los brazos y sentarnos a esperar, pensando que “son cosas de niños” (minimizando el dolor), o que sus quejas son formas de manipular a los adultos, o que se le pasará de forma mágica.  ¡Tenemos que hacer algo!

Hacer algo significa conocer a niños y niñas, saber leer sus señales para realizar buenas interpretaciones, comprendiendo su malestar y sufrimiento, para así poder actuar a tiempo. Significa pedir ayuda cuando un niño deja de jugar, porque el juego es el lenguaje de la niñez, o cuando retrocede en ciertos hitos del desarrollo ya logrados, por ejemplo, cuando después de haber dejado el pañal se comienza a hacer pipí. Significa pedir ayuda cuando yo, adulto a cargo de su cuidado, le grito y lo humillo cada vez que no hace lo que quiero, lo dejo de abrazar cuando tiene pena porque me disgusta su llanto, y lo golpeo porque “así me criaron y yo estoy muy bien”. “Hacer algo” se traduce en mirar, sin prejuicios, empatizando, acogiendo a niños y niñas, “hacer algo” es también, orientar y acompañar a los adultos que cuidan.

Las neurociencias han sido claras. Una buena y robusta arquitectura cerebral se nutre desde el nacimiento, requiere de empatía y promueve la empatía, necesita de buenos tratos y genera buenos tratos, sentando las bases para una buena salud mental. Una arquitectura cerebral sana y desarrollada en todo su potencial requiere de respuestas oportunas y sensibles a las necesidades de los niños y niñas más pequeños, necesita de interpretaciones bondadosas y no de lecturas que tiñen el llanto como un gesto de mala intención.  Esto, es decir, la empatía, el buen trato y la sensibilidad, lo deben entregar los adultos que están a cargo del cuidado de niños y niñas, pero ¿alguien cuido de la infancia de esos adultos? ¿Hubo otros adultos que los leyeran sensiblemente y dieran respuestas amorosas y oportunas a sus necesidades?

De esto hemos ido aprendiendo en la Sala de Atención Psicológica de ENMARCHA. Hemos aprendido de dolor, de soledad, de estigmatización. Hemos aprendido que, tras el sufrimiento y malestar de cada niño y niña que llega a nosotros, hay una historia más larga, tejida a la base de la desesperanza. Hemos aprendido que hay una historia no escuchada, una pena minimizada y una rabia mal interpretada. Hemos aprendido que no es posible prestar atención en el colegio si cada día la familia vive una urgencia. Hemos aprendido que es necesario gritar mucho, y muy fuerte, para ser escuchado. Hemos aprendido que nada nace desde el vacío o desde una tabula rasa. Hemos aprendido que, a veces, callar es una estrategia para sobrevivir. Hemos aprendido que para acompañar a nuestros niños y niñas, y promover su salud mental tenemos que acompañar a quienes crían. Hemos aprendido a derrumbar nuestros prejuicios. Hemos aprendido a escuchar.

Pero hemos sido testigos de que cuando el grito llega a nosotros, ya es un grito ahogado intentando hace tiempo ser oído. Y ese es el desafío que nos hemos propuesto, escuchar en el momento oportuno y acompañar a niños y niñas, junto a sus familias, porque la privación de libertad no es una novedad, sino parte de la trama de una historia contada y vuelta a relatar, donde hubo silencios profundos y preguntas sin responder.

Promover la salud mental de niños y niñas con familiares privados de libertad, requiere de esfuerzos colectivos, de articulaciones, de estrategias y metodologías diversas y que por sobre todo lleguen en los tiempos oportunos, para ellos, ellas, sus familias y comunidades. Es deber del Estado generar estrategias concretas integradoras que a su base consideren que un niño o niña no es solo en el mundo, sino parte de un entramado más complejo, es decir, las intervenciones deben apuntar a ellos y ellas y sus contextos. Las acciones que se requieren deben apuntar a las historias de niños y niñas, y necesariamente a las historias que vienen de antes, a las historias familiares, las historias de sus padres, madres, abuelos y abuelas. Y estas acciones no pueden ser aisladas sino continuas y profundas, considerando siempre que su bienestar y salud mental se construirá en función del bienestar y salud mental de los adultos que los y las cuidan.

Para promover una buena salud mental en niños y niñas tenemos que pensar en ellos y ellas siempre, no solo cada 10 de octubre.


International Comparisons of Behavioral and Emotional Problems in Preschool Children: Parents’ Reports From 24 Societies, Journal of Clinical Child & Adolescent PsychologyJ Clin Child Adolesc Psychol. 2011; 40(3): 456–467



[1] International Comparisons of Behavioral and Emotional Problems in Preschool Children: Parents’ Reports From 24 Societies, Journal of Clinical Child & Adolescent PsychologyJ Clin Child Adolesc Psychol. 2011; 40(3): 456–467.

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