Murió a los 14 años a causa de 5 balazos y la indiferencia de una niñez en peligro

A sus 14 años Matías sabía de drogas, delincuencia, armas y pandillas, tanto como posiblemente sabía de pobreza, abandono y negligencia.

En el reportaje “Los últimos días de Ze Pequeño Chileno” del diario La Tercera, se relata una parte de su historia, esa que es pública y que se recoge de los testimonios de los vecinos del barrio, de los periódicos que hablaban de sus atracos y reportes de la policía, pero donde no es posible conocer su propio relato, esa parte de la historia que sólo conoció él y a la que ningún programa de intervención psicosocial o sociocomunitario pudo llegar.   

Matías creció en la comuna de Lo Espejo al cuidado de una tía abuela, cuando su padre se lo entregó tras abandonar Santiago. En 2005, en la ciudad de Curicó, murió apuñalado con sólo 24 años. Quizá Matías y su padre tuvieron más cosas en común que una muerte joven y violenta, pero no sabemos si pudieron conocerse, si Matías sufrió su muerte, si aprendió o des-aprendió algo de esa vida fugaz, si recordó esa pérdida cuando se aproximaba la suya o si ese acontecimiento fue uno más de una larga lista de violencia que rondó su vida y que prefirió olvidar.

En sexto básico desertó del colegio y entre el 2013 y 2018, estuvo vinculado a una serie de delitos: porte ilegal de drogas, robo con intimidación, hurto, robo en casa, receptación y tenencia ilegal de arma de fuego. En abril del presente año fue su última detención mediática, donde se le reconocía como líder de una banda juvenil que robaba autos de lujo con la finalidad de conservar sus llaves como trofeos.

Tras esa detención se le otorga medidas cautelares del Sename, pero lamentablemente no fue posible vincularlo al programa de reinserción y sólo se consiguió un contacto telefónico con él. La vida de Matías se fue apagando y no fuimos capaces  de encontrarlo o quizá simplemente no supimos cómo buscar.

A orillas del río Maipo se encontró su cuerpo y con eso terminó toda posibilidad de conocerlo, de comprender esa historia marcada por la violencia y de dar respuesta a un llamado de atención y cuidado. A Matías se le violaron sus derechos más básicos desde muy pequeño y el camino que siguió es solo muestra de eso.

Hoy cuando en las noticias nos siguen mostrando a los niños/as delincuentes, instalando una imagen de niñez peligrosa, a la que le tememos entre otras cosas por su estética o procedencia, nos vamos olvidando que detrás de esa niñez hay un profundo dolor, que esa niñez hoy está  en peligro, y así como Matías, en un inminente peligro de muerte.

Cuando los niños y niñas mueren, morimos todos, muere un país y su proyecto de mejor futuro, porque esos niños y niñas que son sujetos presente están sufriendo el abandono de una sociedad que prefiere culparlos y responsabilizarlos individualmente de sus historias, negando toda responsabilidad colectiva y posibilidad de construir mejores futuros.

“Una lacra menos”, “murió en su ley”, “no es niños a los 14 años”, “sabía lo que hacía”, “mejor muerto que mantener delincuentes”, discursos que invaden y que además hoy vienen a justificar la propuesta de bajar la edad de imputabilidad penal adolescente a 13 o incluso 12 años. “Deberían morirse en la cárcel”, “que los maten a todos”. Leer esos comentarios me aprietan el estómago -y el corazón-, se me pone un nudo en la garganta y no puedo dejar de pensar en qué momento justificamos deshumanizar una vida, descontextualizar una historia, avalar la muerte sin justicia. ¿Ya ni pudor nos da mirar desde la esquina, ni incomodidad nos provoca la indiferencia?

La historia de Matías me muestra que seguimos perdiendo la batalla para construir una sociedad más justa, porque la niñez no es peligrosa y nunca lo será, la niñez en chile hoy está en peligro, peligro inminente de muerte, y yo al menos me niego a ser cómplice.

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